Lo que me ha enseñado no tener dinero

15 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Nací en una familia de clase trabajadora. Mi madre pudo permitirse dejar de trabajar para dedicarse a criar a sus hijas, y en mi casa nunca faltó de nada. Todos los veranos nos íbamos de vacaciones un par de semanas, de vez en cuando comíamos fuera y mis padres podían permitirse (y permitirnos) ciertos caprichos.

Como empecé a trabajar bastante jovencita (siempre he sido autónoma), pronto me acostumbré a ir a cenar fuera con la pandilla, ir al cine, asistir a festivales de música, comprarme ropa y demás cosas que me gustaran…no me preocupaba por el dinero y nunca pensé que alguna vez tendría que hacerlo.

Pero entonces llegó la crisis y lo cambió todo.

No vengo aquí a contar una historia de hambre y miseria. Por suerte, cada vez que he tenido problemas económicos, mi familia ha estado ahí para ayudarme y mantenerme en pie. Lo que quiero explicar son los cambios que he experimentado en mi manera de pensar tras haber pasado largas temporadas sin prácticamente ingresos. Temporadas en las que la cuenta se ponía en números rojos, yo vivía a 1200 km de mi ciudad natal, muy lejos de mi familia, y tenía que hacer malabarismos con cada euro que ingresaba.

  1. Las tiendas dejaron de llamarme la atención. Hace ya muchos años que puedo pasar por delante del escaparate de una tienda sin siquiera mirarlo. Las tiendas han dejado de atraerme, ahora sólo entro en ellas cuando tengo que comprar algo, y el resto del tiempo ni siquiera me doy cuenta de que existen.
  2. Me molesta mucho que intenten venderme cosas que no necesito. Y, por lo tanto, que intenten convencerme de que las necesito.
  3. Cuando voy a comprar algo soy muy selectiva. Yo no voy de compras. Cuando me hace falta algo voy directamente a la tienda y lo busco, jamás destino una tarde entera a ir a mirar tiendas. Cuando me dispongo a comprar cualquier cosa, soy selectiva y no compro a la ligera. Tampoco me importa irme con las manos vacías si no encuentro lo que estoy buscando, pues no encuentro placer en el hecho de comprar en sí mismo.
  4. No me deshago de nada sólo porque sea viejo o haya pasado de moda. Sencillamente, he perdido el impulso de comprar algo nuevo sólo porque me guste más o porque quiero substituir un objeto que ya tiene unos años. Si algo no se ha roto, no pienso en reemplazarlo, y si se ha roto primero veo si lo puedo arreglar.
  5. Me sorprende mucho cuando veo actitudes consumistas en los/las demás. Ya hace mucho tiempo que me parece extraña la necesidad de comprar cosas todas las semanas (¡o incluso todos los días!) de alguna gente. En redes sociales como Instagram veo todos los días fotos de personas orgullosas de haberse comprado una crema o de estrenar ropa todos los días, como si eso fuera lo que les define. Me parece una especie de locura colectiva.

No voy a negar lo evidente: andar mal de dinero es una faena. Los quebraderos de cabeza se multiplican, a menudo te agobias y muchas veces te sientes insegura y vulnerable. Pero tengo que admitir que me gusta la manera en la que mi mente se ha readaptado a la situación, y creo sinceramente que es bueno liberarse de ciertas necesidades creadas con el único fin de atontarnos, hacernos dependientes y hacer ricos a otros.

¿Qué opinas? ¿Has experimentado algo parecido alguna vez?

 

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