Aislados

14 diciembre, 2014 § Deja un comentario

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Creo que es uno de los temas más recurrentes en los últimos tiempos. Y tiene su lógica. El primer paso suele ser la emoción, la entrega absoluta, las ganas insaciables. Después, poco a poco, te empiezas a dar cuenta de que tal vez la cosa se te (les) está yendo de las manos.

Y te descubres compartiendo cama con alguien que cambia los buenos días por comprobar notificaciones. Tomando cafés sola mientras tu acompañante charla con una persona que está en su casa. Paseando al lado de alguien que ni siquiera mira por donde camina. Comiendo con tele de fondo y una persona con una mano en el tenedor y la otra en el móvil. Te encuentras rodeada de silencio donde antes había conversaciones.

Vas a un concierto, y miles de pantallitas brillantes hablan de personas que graban en lugar de ver. Los acontecimientos familiares se llenan de fotógrafos amateurs y selfies. La realidad, ahora, se mira a través de una pantalla y se embellece a base de filtros.

Siempre hay un email que contestar. Siempre hay una solicitud de amistad que aceptar. Siempre hay una foto que sacar/retocar/compartir. Siempre es un buen momento para cotillear en la vida de los demás. Para regalar “me gustas” a cambio de atención. Cualquier momento es bueno para mantener una conversación a distancia. Aunque estés en el cine. Aunque estés en el baño. Aunque estés con tu novia. Lo primero es lo primero. Queda claro.

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Hay quién dice que también la televisión fue muy criticada en su momento por provocar aislamiento en el hogar. También he oído argumentar sobre el hecho de que, en vez de mirar el móvil o la tablet, la gente se ponía a leer el periódico en lugar de atender a sus acompañantes en los bares. Y yo digo, si, eso es cierto.

Pero hay una diferencia: los móviles y tablets han invadido la vida de las personas por completo. No hay un espacio en el día destinado a utilizarlos, si no que ya hay quién los utiliza la mayor parte del tiempo.

Y en cierto modo, es lógico.

A través de estos aparatos se pueden leer noticias, aprender recetas de cocina, ver series y programas de televisión, comprar, charlar con los amigos, escuchar música, escribir partituras,…prácticamente todo lo imaginable. Realmente no hay nada de malo en ello. Al contrario. Sin duda, en muchas ocasiones nos hacen la vida más fácil.

Lo  malo es cuando te das cuenta de que vives rodeada de personas ausentes. Que en demasiadas ocasiones te encuentras sola aún estando acompañada. Que tu conversación pasa a un segundo plano porque a alguien le ha sonado una alerta en el móvil. Que tu misma miras de manera automática el dichoso aparatito cada vez que hay anuncios en el programa que estás viendo o cuando estás esperando a que llegue el siguiente metro. Si. Ese minuto que falta, lo empleas en encender la pantalla y ver si te has perdido algo.

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No puedo evitar hacer un paralelismo con lo que le ocurre a un fumador. Es la nicotina la que controla sus actos, está enganchado y enciende un cigarro tras otro por pura necesidad. Suele ser un acto casi inconsciente, de repente el cerebro da la orden de encender un cigarro, aunque haga apenas media hora que se ha encendido el último. Con los móviles pasa algo parecido. El acto de mirarlo se ha convertido en algo automático para nosotros, y cada vez pasa menos tiempo entre la última vez y la siguiente que le echamos un vistazo. Y es que, aunque a veces cueste admitirlo, la palabra que mejor ilustra todo esto es dependencia.

Sobra decir que, afortunadamente, aún hay gente que se mantiene al margen de toda esta locura. Gente con la que puedes tomar algo sin la presencia de móviles en la mesa, gente que no espera que le contestes al instante cuando te mandan un mensaje, gente que silencia su móvil para que no invada por completo su vida diaria. He de decir que la mayor parte del tiempo me incluyo en este grupo de gente.

Quiero que conste que para mí requiere un esfuerzo no dejarme arrastrar por una corriente que viene con tanta fuerza. Por ello, procuro estar siempre alerta, y cuando me descubro prestando demasiada atención al móvil, o cayendo en la tentación de contestar mensajes en la cafetería, mirando por inercia la pantalla para ver si tengo un nuevo correo, o mirando las noticias mientras veo una película, me recuerdo a mi misma que estoy perdiendo el control y estoy actuando de manera inadecuada.

Tengo claro que no quiero un mundo que se parezca en lo más mínimo mínimo al que nos presenta Charlie Brooker en la magnífica serie Black Mirror, aunque esta comparación pueda parecer exagerada. Estamos aún lejos de la realidad presentada por Brooker, pero no tanto como para considerarla un imposible.

No quiero un mundo sin móviles ni tablets.  Quiero un mundo en el que lo primero que haga la persona que duerme a mi lado sea darme los buenos días, un mundo en el que me tome un café con alguien mirándonos a los ojos, en el que las personas caminamos por la calle mirando a nuestro alrededor y no a una pantalla, en el que en las comidas mantenemos conversaciones. Un mundo en el que disfrutamos plenamente de un concierto sin pensar en los likes que tendrá alguna de los cientos de fotos que hemos hecho, o en el que nos iremos de viaje olvidándonos del resto del mundo.

Con el placer de regresar a casa y dedicar un rato a mirar las últimas noticias después de la cena (o de la comida, o de la merienda), a contestar algún correo, a mandar un mensaje a alguien que se ha acordado de ti a lo largo del día. El placer de dedicar a cada cosa un momento, sin permitir que haya nada que nos robe el tiempo para todo lo demás.

Si, es un tema muy manido. Pero necesitaba sacarlo fuera, verbalizarlo. Unirme a un rechazo que cada vez se me antoja más numeroso, ese que sentimos cada vez más personas hacia un estilo de vida a veces asfixiante.

Hay vida más allá del móvil. Y si, merece la pena vivirla.

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