Lo que provoca una caída

28 septiembre, 2014 § 4 comentarios

Encontrado en nasimsalar.blogfa.com

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Ayer me caí. De culo. Apenas tuve tiempo a darme cuenta, solté un alarido y sentí mi cuerpo chocar contra una piedra. Lo mejor de todo es que un instante antes estaba pensando que debía tener cuidado de no caerme. Y ni así evité acabar por los suelos.

Lo más curioso fue mi reacción. Tardé un par de segundos en notar como los ojos se me llenaban de lágrimas y empezar a llorar. Como una niña pequeña. Sin consuelo.  Lo primero que sentí fue un gran sentimiento de injusticia. Como si fuera la misma vida la que me hubiera empujado al suelo. Literalmente, sentí pena por mí. No me lo merezco.

Hoy me he levantado menos magullada de lo que esperaba, pero ese insignificante accidente me ha hecho pensar a lo largo del día de hoy. Me he dado cuenta de que esa primera reacción no puede ser casual. Y más teniendo en cuenta que hay muchos momentos en mi día a día en los que me siento una víctima. No digo que lo sea. Eso sería un tema totalmente distinto. No sé si son las expectativas que deposito en los demás, o la manera en la que me veo a mi misma, o ambas cosas, pero el caso es que ese pensamiento, no me lo merezco, cruza a menudo por mi mente. Y me afecta. A mí, y mi relación con el mundo.

Afirma Walter Riso en su libro “Pensar bien, sentirse bien“, que he estado leyendo esta semana, que:

Lo que nos mantiene atados a los viejos hábitos son una serie de mecanismos erróneos llamados sesgos. Los tres más importantes son los “sesgos atencionales”, los “sesgos de memoria”, y los”sesgos perceptuales”.

En mi misma, he podido detectar algunos de estos sesgos. En primer lugar, he percibido que he creado un esquema de abandono. Por alguna razón, creo que las personas que me rodean (excepto los miembros de mi familia) terminarán apartándose de mi cuando lleguen a conocerme de verdad. Mi mente está más atenta a destacar señales de rechazo que indicadores de afecto positivo. Eso sucede porqué, tal y como explica Riso:

La atención trabaja al servicio de los esquemas que tenemos. Vemos lo que nos conviene, sacrificamos lo real por aquellas partes o trozos de información que concuerdan con nuestra motivación básica.

Me he dado cuenta de que, sin querer, mi atención se concentra en los indicios negativos (como el cansancio o el aburrimiento) que en los positivos (expresiones de afecto, interés). Así, se confirma mi esquema (erróneamente, claro) y empiezan los sentimientos de tristeza y autocompasión.

Leyendo el libro descubrí también que tengo tendencia a una profecía autorrealizada orientada en la misma dirección. Este tipo de profecías funcionan de la siguiente manera:

Parto de una profecía o anticipación de algo que va a ocurrir: alguien a quién quiero me va a abandonar por hacer las cosas mal.

Inconscientemente, hago todo lo posible para que la profecía se cumpla: me alejo o trato de manera seca a esa persona.

Y finalmente, tras la reacción (normalmente molesta o perpleja) de esa persona, ratifico la profecía, sintiendo que, efectivamente, estoy en lo cierto.

Una locura, ¿verdad?. Esa manera de actuar provoca que la gente se sienta juzgada y analizada, a la vez que presionada para demostrar en todo momento que no estoy en lo cierto. Evidentemente, eso puede derivar en que mis miedos se vuelvan realidad y se acaben apartando de mi. Para cortar por lo sano con esa manera tan nociva de percibir la realidad, en el libro Walter Riso recomienda:

(…) Darle una oportunidad a los hechos sin nuestra interferencia. Que la vida decida.

Esa primera reacción a mi caída, dominada por la autocompasión, fue para mí como una señal de alerta. Pero lo peor es que , seguidamente, apareció otro sentimiento desagradable: la persona que me acompañaba, sin duda, me reprocharía el no haber tenido más cuidado en lugar de sentir pena por mi. Y otra vez atronando en mi cabeza: No me lo merezco.

¿En qué momento empecé a crear este esquema mental? ¿Cuando dejé crecer en mi interior la creencia de que la gente no se compadece de mí cuando debería, de que la gente me regaña cuando tengo un tropiezo, de que nadie es lo suficientemente cariñoso conmigo? Tal vez siempre he sido así. Tal vez nací predispuesta a ello. Quién sabe. Lo cierto es que, tras identificar estas pautas mentales, me siento más cerca de poder corregirlas.

Encontrado en bradfordmartens.com

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En Pensar bien, sentirse bien“, el autor explica que podemos crear estilos de vida o esquemas saludables que nos permitan superar o compensar algunas de las restricciones de nuestro cerebro. Y destaca la importancia de realizarse preguntas existenciales, éticas y motivacionales que nos ayuden a vernos a nosotros mismos en relación con nuestro proyecto de vida. ¿Qué quiero?, ¿Qué necesito?, ¿Cómo he de vivir?, ¿Qué es negociable y qué no lo es?.

Se trata, también, de desaprender. Una vez identificados ciertos comportamientos perjudiciales, volver unos pasos atrás y volver a mirar el mundo con otros ojos. “Esforzarse en lo que depende de uno (si es importante o vale la pena) y renunciar a lo que “no puede desearse” por inconveniente o no “puede lograrse” por exceder las propias capacidades”. Por qué al final, detrás de estos esquemas que he identificado, está el miedo. El miedo a lo que no puedo controlar (las reacciones de los demás, la manera qué me ven, la forma en que interpretan mis palabras, su propio mundo interior) y esa necesidad insana de cambiar eso. Porque la realidad es que

No hay certezas existenciales, no las puede haber sin autoengaño. Hay que habitar la incertidumbre y eliminar la ilusión de control que pregona la cultura.

En definitiva, el libro nos muestra los tres procesos básicos para pensar bien y, por lo tanto, sentir bien:

1- Identificar y controlar las distorsiones cognitivas (sesgos, profecías autorrealizadas y evitación) para ver las cosas como son y disminuir la resistencia al cambio.

2- Identificar y eliminar los malos pensamientos responsables de las emociones destructivas y reemplazarlos por pensamientos más adaptativos que incluyan flexibilidad, optimismo, serenidad y moderación.

3- Crear y poner a funcionar esquemas saludables para mejorar la calidad de vida e incrementar la inmunidad a las enfermedades psicológicas.

Me propongo, aquí y ahora, trabajar para que, la próxima vez que tropiece y me caiga, no vuelva a sentir pena por mí, no vuelva a sentirme maltratada y no vuelva a prejuzgar la reacción de los que me acompañen. Me propongo aceptar la situación como es, sin añadirle ingredientes de cosecha propia, y así permitir que las únicas lágrimas que broten de mis ojos sean de dolor (si es que lo hay) y poder levantarme sin más y continuar caminando.

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